La Revolución Industrial III. Luces y sombras

La Belle Époque

Esta designación responde, por una parte, a una realidad recién descubierta que imponía nuevos valores a las sociedades europeas – imperialismo, capitalismo, ciencia y progreso-, pero también describe una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaba la tecnología influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado). Además, el nombre de Belle Époque aporta una visión nostálgica que tendía a embellecer el pasado europeo anterior a 1914 como un “paraíso perdido” tras las atrocidades cometidas durante la Primera Guerra Mundial.

Es innegable que la Revolución Industrial contribuyó de manera asombrosa al desarrollo social y cultural de la población, aparte del tecnológico, económico y científico, que ya hemos hablado en los otros dos artículos anteriores. El aumento de los conocimientos en todas las ramas, tanto científicas como técnicas y sanitarias hizo posible ese despegue industrial del que venimos hablando. Los estudios científicos, estimulados por los gobiernos en las universidades y financiados por las empresas, lograron obtener algunas materias con procedimientos químicos realizados en los laboratorios. Con el crecimiento de las ciudades y el consiguiente éxodo en zonas rurales, se produce un fuerte aumento demográfico, aumenta la natalidad, desciende la mortalidad y aumenta la esperanza de vida, ya que con los progresos en medicina se descubre y aplica la vacuna para frenar las epidemias que, por otra parte, estaban mermando a la población. También se apuesta por adquirir una mejor alimentación para intentar que las hambrunas y desnutrición afectaran lo menos posible.

Todo estaba dirigido a conseguir unas condiciones saludables para la vida diaria. El crecimiento de las ciudades con la llegada de la mano de obra favoreció que se introdujeran mejoras en las grandes urbes: distribución de agua, servicios de alcantarillado, transportes, parques para el tiempo de ocio… Además, la disminución en los costes de producción permitió el acceso de mucha más gente a productos de primera necesidad como la ropa o el calzado.

Por otra parte, las empresas industriales perdieron totalmente sus características caseras adquiriendo una nueva forma. Grandes conglomerados económicos, la creciente participación del sector financiero en la producción industrial – Trusts, Carteles, Holding se iniciaban para la expansión mundial que llegaría principalmente en la Segunda Revolución Industrial, sobre todo desde mediados del siglo XIX.

Como vemos, todo estaba encaminado a la producción, en todos los sectores, y también en el agrícola. Se aplicaron nuevas técnicas para incrementar la productividad, se mejoraron especies ganaderas y se aumentaron las superficies cultivables, logrando un mayor rendimiento con los abonos. El ejemplo de Inglaterra fue seguido por los países europeos cuya producción agrícola se duplicó entre 1840 y 1914, así como en Estados Unidos, Canadá y América del Sur.

Pero como anunciamos en el título de este apartado, también se encuentran sombras en este proceso de industrialización.

Sombras que enturbian

El pueblo, como casi siempre en la Historia, por desgracia, es el que más sufre las consecuencias de cualquier cambio, y la Revolución Industrial no fue una excepción.  Lo que anunciaba Marx en su famosa e inspiradora frase, demostraba que no iba a ser un camino fácil.

Karl Marx

Karl Marx

 

Tumba de Karl Marx en el Highgate Cementery de Londres “Workers of all lands, unite”.

Las condiciones de trabajo del proletariado obrero, eran precarias. El artesano que trabajaba su propio taller se trasladó a las fábricas en calidad de obrero asalariado y pasó a depender del propietario de las máquinas. Esta nueva situación constituyó el germen de las alteraciones campesinas y de las revoluciones obreras que acontecieron durante la segunda mitad del s. XIX en Europa. Surgió el movimiento ludista o ludismo que rechazaba el sistema industrial que avanzaba. Atacaban a las fábricas y destruían las máquinas, pensando que el problema principal era ese.

La concentración fabril agrupó a los trabajadores, les hizo sentirse solidarios de sus problemas y tomar conciencia de los mismos para buscarles solución. El trabajo se realizaba en jornadas superiores a las 15 horas diarias en fábricas inhóspitas. Algunos empresarios preferían, por razones de economía, contratar a mujeres y niños. En ciertos casos, las condiciones de las viviendas obreras eran insalubres y favorecían las enfermedades y epidemias. Aunque en Inglaterra, en 1802, se prohibieron los horarios que excedieran las 12 horas, y en 1819 el trabajo de niños menores de 10 años, solamente a mediados del siglo los gobiernos publicaron las primeras leyes sociales favorables a los obreros. Estas disposiciones fueron resultado de la presión de algunos intelectuales cuyos escritos despertaron un sentimiento humanitario y de los movimientos organizados de los trabajadores.

 

Está claro que sin este proceso de cambio no seríamos quienes somos. La Revolución Industrial transformó de manera radical la sociedad de la época y modificó totalmente las formas de vida de la mayoría de la población en muchos aspectos, siendo, totalmente imposible, explicar el devenir de la sociedad actual sin tener en cuenta los procesos derivados del avance de la Revolución Industrial.

La Belle Époque

Esta designación responde, por una parte, a una realidad recién descubierta que imponía nuevos valores a las sociedades europeas – imperialismo, capitalismo, ciencia y progreso-, pero también describe una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaba la tecnología influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado). Además, el nombre de Belle Époque aporta una visión nostálgica que tendía a embellecer el pasado europeo anterior a 1914 como un “paraíso perdido” tras las atrocidades cometidas durante la Primera Guerra Mundial.

Es innegable que la Revolución Industrial contribuyó de manera asombrosa al desarrollo social y cultural de la población, aparte del tecnológico, económico y científico, que ya hemos hablado en los otros dos artículos anteriores. El aumento de los conocimientos en todas las ramas, tanto científicas como técnicas y sanitarias hizo posible ese despegue industrial del que venimos hablando. Los estudios científicos, estimulados por los gobiernos en las universidades y financiados por las empresas, lograron obtener algunas materias con procedimientos químicos realizados en los laboratorios. Con el crecimiento de las ciudades y el consiguiente éxodo en zonas rurales, se produce un fuerte aumento demográfico, aumenta la natalidad, desciende la mortalidad y aumenta la esperanza de vida, ya que con los progresos en medicina se descubre y aplica la vacuna para frenar las epidemias que, por otra parte, estaban mermando a la población. También se apuesta por adquirir una mejor alimentación para intentar que las hambrunas y desnutrición afectaran lo menos posible.

Todo estaba dirigido a conseguir unas condiciones saludables para la vida diaria. El crecimiento de las ciudades con la llegada de la mano de obra favoreció que se introdujeran mejoras en las grandes urbes: distribución de agua, servicios de alcantarillado, transportes, parques para el tiempo de ocio… Además, la disminución en los costes de producción permitió el acceso de mucha más gente a productos de primera necesidad como la ropa o el calzado.

Por otra parte, las empresas industriales perdieron totalmente sus características caseras adquiriendo una nueva forma. Grandes conglomerados económicos, la creciente participación del sector financiero en la producción industrial – Trusts, Carteles, Holding se iniciaban para la expansión mundial que llegaría principalmente en la Segunda Revolución Industrial, sobre todo desde mediados del siglo XIX.

Como vemos, todo estaba encaminado a la producción, en todos los sectores, y también en el agrícola. Se aplicaron nuevas técnicas para incrementar la productividad, se mejoraron especies ganaderas y se aumentaron las superficies cultivables, logrando un mayor rendimiento con los abonos. El ejemplo de Inglaterra fue seguido por los países europeos cuya producción agrícola se duplicó entre 1840 y 1914, así como en Estados Unidos, Canadá y América del Sur.

Pero como anunciamos en el título de este apartado, también se encuentran sombras en este proceso de industrialización.

Sombras que enturbian

El pueblo, como casi siempre en la Historia, por desgracia, es el que más sufre las consecuencias de cualquier cambio, y la Revolución Industrial no fue una excepción.  Lo que anunciaba Marx en su famosa e inspiradora frase, demostraba que no iba a ser un camino fácil.

Karl Marx

Karl Marx

 

Tumba de Karl Marx en el Highgate Cementery de Londres “Workers of all lands, unite”.

Las condiciones de trabajo del proletariado obrero, eran precarias. El artesano que trabajaba su propio taller se trasladó a las fábricas en calidad de obrero asalariado y pasó a depender del propietario de las máquinas. Esta nueva situación constituyó el germen de las alteraciones campesinas y de las revoluciones obreras que acontecieron durante la segunda mitad del s. XIX en Europa. Surgió el movimiento ludista o ludismo que rechazaba el sistema industrial que avanzaba. Atacaban a las fábricas y destruían las máquinas, pensando que el problema principal era ese.

La concentración fabril agrupó a los trabajadores, les hizo sentirse solidarios de sus problemas y tomar conciencia de los mismos para buscarles solución. El trabajo se realizaba en jornadas superiores a las 15 horas diarias en fábricas inhóspitas. Algunos empresarios preferían, por razones de economía, contratar a mujeres y niños. En ciertos casos, las condiciones de las viviendas obreras eran insalubres y favorecían las enfermedades y epidemias. Aunque en Inglaterra, en 1802, se prohibieron los horarios que excedieran las 12 horas, y en 1819 el trabajo de niños menores de 10 años, solamente a mediados del siglo los gobiernos publicaron las primeras leyes sociales favorables a los obreros. Estas disposiciones fueron resultado de la presión de algunos intelectuales cuyos escritos despertaron un sentimiento humanitario y de los movimientos organizados de los trabajadores.

 

Está claro que sin este proceso de cambio no seríamos quienes somos. La Revolución Industrial transformó de manera radical la sociedad de la época y modificó totalmente las formas de vida de la mayoría de la población en muchos aspectos, siendo, totalmente imposible, explicar el devenir de la sociedad actual sin tener en cuenta los procesos derivados del avance de la Revolución Industrial.

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